CÁSTOR E. CARMONA
Julio 5, 2009

[Fragmento de “Ahora, ni cambiar un bombillo”, escrito en su columna “crónicas de lo crónico” en la revista Dominical del diario Últimas Noticias, el 05-07-09]
“La belleza de una lámpara es proporcional a la dificultad para sustituir el bombillo. Atrás quedó el accesible desenroscado y si toca un modelo tipo araña, despídete -entre sudores y calambres- de la paciencia. Hay que destornillar, extraer guayas sin rozar con los dedos la superficie del globo luminoso y -como si se tratase de la desactivación de una ojiva radioactiva- cortar con un alicate el cable azul y no el rojo. La operación corrobora furiosamente el pensamiento de nuestra señora que, ubicada en una esquina de la habitación, concluye: ‘éste no sabe ni cambiar un bombillo’.
Cuando ya era un típico reproche femenino señalar a los varones de cavernícolas, la complejidad de las nuevas antorchas frustra hasta el viejo gesto de restablecerle la luz a la cueva. Ahora somos, gracias a la actual e intrincada variedad de bombillos, cavernícolas perplejos.”